Nació como el cuarto hijo de una familia adinerada. Sus hermanos mayores tenían ya reservado su lugar dentro de la casa y, para él, su familia había elegido un destino diferente: ingresar en la Orden del Martillo.
Allí fue educado y entrenado hasta convertirse en un arma de guerra al servicio del Emperador.
El joven demostró muy pronto una habilidad extraordinaria con las armas. Era fuerte, disciplinado y obediente; uno de esos guerreros capaces de mantener la calma cuando todo a su alrededor se desmoronaba. Sus superiores estaban convencidos de que, con los años, podría alcanzar los puestos más altos de la Orden.
Pero su destino cambió en Anfauglith.
Durante la batalla fue gravemente herido y sus hermanos, temiendo por su vida, lo trasladaron hasta un convento cercano. Allí quedó al cuidado de las hermanas mientras su cuerpo luchaba por sobrevivir.
Fue entonces cuando apareció Juana.
La Hermana Juana permaneció junto a él durante todo aquel caluroso verano. Limpiaba sus heridas, cambiaba sus vendajes y apenas se alejaba de los pies de su cama. Cuando llegaba la noche y el convento quedaba en silencio, le cantaba las letanías más hermosas que conocía.
Durante mucho tiempo, aquella voz fue lo único que él escuchó.
Hasta que una mañana despertó.
Abrió los ojos lentamente y encontró a Juana dormida junto a su cama, agotada después de otra noche cuidándolo.
La observó en silencio.
Había estado muy cerca de morir en Anfauglith y, sin embargo, fue en aquel instante cuando comprendió que existía algo por lo que realmente merecía la pena arriesgar la vida.
Ella.
Pasaron los meses.
Cuando recuperó las fuerzas y regresó junto a sus hermanos, comenzó a buscar cualquier excusa que le permitiera volver al convento. Se ofrecía para hacer guardia durante la noche y Juana, por su parte, encontraba motivos para abandonar sus dependencias con el pretexto de llevar agua a los hombres encargados de protegerlas.
Así comenzaron a verse a escondidas.
Sabían que aquello no podía durar.
Los dos habían tomado sus votos.
Él pertenecía a la Orden del Martillo.
Ella, al convento.
Pero durante aquellas noches poco importaban los juramentos que habían pronunciado años atrás.
Hasta que llegó aquella fatídica noche.
La Madre Superiora los descubrió.
Fueron separados inmediatamente y llevados ante la justicia. Después los encerraron en fortalezas diferentes, lejos el uno del otro.
Él nunca supo dónde estaba Juana.
A veces, durante las largas noches de encierro, creía escuchar los cánticos de su amada atravesando los gruesos muros de piedra.
Quizá solo estaban en su cabeza.
Pero prefería pensar que era ella.
El castigo llegó poco después.
Por haber quebrantado sus votos perdió todos sus atributos de Hermano. Le retiraron las armas, la armadura y cuanto lo identificaba como miembro de la Orden del Martillo.
Después lo expulsaron.
Lo arrojaron a la calle, desnudo y deshonrado, en pleno invierno.
Juana tampoco quedó libre.
Fue condenada a regresar al convento donde había iniciado su formación. La trasladaron junto a otras hermanas que también habían quebrantado sus votos.
Pero la caravana nunca llegó a su destino.
Durante el camino fue atacada por las fuerzas del Señor Oscuro.
Aquellas fueron las últimas noticias que se tuvieron de ellas.
Cuando él se enteró del ataque estaba trabajando en los campos cercanos a la fortaleza donde había permanecido encerrado.
No esperó.
Dejó lo que estaba haciendo, se apretó bien las botas y buscó algo con lo que poder defenderse.
Tiempo atrás había empuñado algunas de las mejores armas de la Orden del Martillo.
Ahora solo tenía una hoz.
Fue suficiente.
Echó a correr.
Cuando llegó al lugar del ataque encontró los restos de la caravana esparcidos por el camino. Había carros destrozados, sangre y multitud de Hermanos muertos.
Buscó entre ellos.
Uno por uno.
Pero no encontró a Juana.
Ni a ninguna de las jóvenes que viajaban con ella.
Y aquella ausencia fue suficiente para mantener viva su esperanza.
Junto al camino yacía uno de sus antiguos hermanos.
El joven permaneció unos instantes contemplándolo.
Después dejó caer la hoz.
Tomó sus armas.
Recogió su armadura y volvió a vestir, pieza a pieza, los atributos de la Orden que una vez le habían arrebatado.
Ya no era un Hermano del Martillo.
Ya no servía al Emperador.
Aquella vez no lucharía por honor, por obediencia ni por cumplir las órdenes de ningún hombre.
Lucharía por Juana.
Y allí, rodeado por los cuerpos de quienes una vez habían sido sus hermanos, juró que la encontraría.
